
El pasado mes de julio, una veintena de voluntarios de la UCAM partieron hacia Lima y la zona de Pachacútec e Iquitos, una de las zonas más deprimidas de Perú. Una experiencia que cambió sus vidas.
¿Quién les iba a decir que durante su estancia en tierras peruanas su paladar descubriría el cuy chactado, una especie de conejillo indias que se sirve empanado? por no hablar del suri, larvas de gusanos gruesos que se cocinan a la brasa, y que tienen, según algunos, sabor a castaña asada, aparte de poseer un gran valor nutritivo, elevado nivel proteico y pocas grasas. El 16 de julio una veintena de voluntarios de la UCAM partieron hacia Lima y la zona de Pachacútec (provincia de Callao) e Iquitos (bajo Amazonas), una de las zonas más deprimidas de Perú, y tuvieron la oportunidad de degustar estas variedades gastronómicas tan atípicas y a priori, repulsivas, aunque para gustos los colores…
Como apunta Pau Guardiola, de la Dirección Multimedia, “durante un mes allí te comes lo que sea”. Por su parte, Antonio Aragón, de la spin-off San Antonio Techologies, con gesto complacido añade que “el suri estaba buenísimo, te lo podías comer crudo, aunque yo lo comí asado, y la parte más crujiente es la cabeza”. Pero más allá de delicias culinarias, ¿qué impulsó a todos estos jóvenes a lanzarse a esta aventura como voluntarios? En su recorrido por el Amazonas, todos tenían claro cuál era el empuje que les hacía sumergirse en este proyecto, el de ayudar a los demás, de salir de su comodidad diaria. Así lo explica Marco Bruno, de la Dirección de Comunicación: “Necesitaba tener una experiencia fuerte que pudiera despertarme de cierta apatía e insensibilidad. Conocer de primera mano la situación de pobreza que vive esta gente, y visitar un continente que desconocía.” Pau Guardiola apostilla: “trabajo de manera regular con experiencia de voluntariado. Siempre han sido momentos muy especiales que me han ayudado a conocerme y formarme como persona. En este caso siempre he sentido un especial interés por conocer América del Sur. Un continente tan conectado social y culturalmente con España”.
Distrito de Callao
Poblados de chabolas sin luz ni agua corriente; niños sin escolarizar deambulando por las calles; manadas de perros enfermos de rabia que muerden a niños y adultos que no disponen de medios para vacunarse; familias que se alimentan casi en exclusiva de pollo, huevos y arroz blanco haciendo una sola comida al día…, conforman el principio de un largo etcétera de situaciones a los que los voluntarios de la UCAM tuvieron que enfrentarse cada día, pero lo hicieron con entusiasmo, con alegría, con auténtico sentido solidario y caritativo. Si en algo coinciden todos ellos es en que debería ser una experiencia obligatoria al menos una vez en la vida, en que han recibido mucho más de lo que han podido ofrecer, y en el gran sentido que cobra la entrega gratuita al otro en un lugar donde los recursos materiales son tan escasos.
Para José Antonio García, estudiante de Enfermería de la Universidad, lo más impactante de su experiencia en Perú fue comprobar que “a pesar de que la pobreza conlleva marginación, exclusión social, delincuencia, explotación, he visto a mucha gente sonreír, gente que lucha por salir adelante, pueblos de una América Latina valiente”.
Misión
Cada uno tenía su misión, desde anunciar el Evangelio, hasta impartir talleres sobre formación laboral, fotografía, emprendedurismo, comunicación… En suma, cada uno aportaba sus conocimientos profesionales y/o destrezas personales, poniéndolas al servicio de jóvenes internados en centros de menores, centros médicos, colegios, o poblados recónditos como Gallito, donde se está estudiando la posibilidad de llevar a cabo proyectos de cooperación internacional en la escuela, la iglesia y la posta médica. Jacinto Ayuso, fotógrafo de la UCAM, se muestra tajante cuando afirma que “sin duda lo que más me ha impresionado ha sido vivir entre gente tan pobre y comprobar que se puede ser feliz con muy poco y cómo ellos nos pueden dar mucho más a nosotros”. Jacinto, que ya ha acudido como voluntario cinco años consecutivos, asevera que, tras su paso por el campus de Perú, cada vez es más consciente del “amor tan grande que el Señor tiene conmigo y con todos los seres humanos”. Por su parte Antonio Aragón destaca que gracias a esta experiencia ha descubierto una realidad muy diferente “a la que estamos acostumbrados y en la cual observas cómo no es necesario vivir en la abundancia para darse al otro”. Para Alaia Montoya, estudiante de Magisterio de la Universidad, “sorprendía ver, en un lugar como en el que trabajábamos, con las pocas oportunidades que tenían a su alcance, una disposición pocas veces vista en una zona desarrollada como la nuestra”. “Cualquier hombre es capaz de cometer cualquier crimen, pero tiene la posibilidad de levantarse si se apoya en Dios”, sentencia Marco Bruno, que llevó a cabo tareas de evangelización en centros de menores. Y añade que “en Pachacútec, he reforzado mi convicción de que el dinero tiene muy poco que ver con la felicidad”.
En una sociedad descreída, cada vez más carente de valores y referentes absolutos, en la que se apela a una juventud perdida, carente de esperanza, incapaz de labrar una sociedad mejor, en Campus como el de la Universidad Católica de Murcia, pueden contemplarse ejemplos bien distintos. Como señala Antonio Aragón, “una vez compartida esta experiencia, se aprende de forma fugaz que, aunque a veces parezca que vivamos en una sociedad donde han desaparecido valores como la amistad, la solidaridad, la entrega, la caridad, etc., éstos siguen emergiendo en personas cercanas a nosotros con gran fuerza, lo que nos permite mantener la esperanza de construir un mundo mejor”.
Un granito de arena en medio del Amazonas
Cuando se levantaron aquella mañana del tercer día, el grupo de voluntarios de la UCAM no se podía imaginar las hazañas que les tocaría vivir en pleno Amazonas. El día parecía transcurrir con total normalidad. Los voluntarios regresaban de una jornada de trabajo en Gallito, donde la Universidad está estableciendo acuerdos para un proyecto de Cooperación Internacional con el objeto de la mejora del centro médico, la iglesia y el colegio. Como era costumbre, el grupo tenía que coger un deslizador por el Amazonas para poder llegar a su destino; el viaje de ida fue bueno, pero la vuelta, se complicó cuando tan sólo faltaban 20 minutos para cubrir la casi una hora que unía ambas direcciones. De repente la barca se paró en medio del inmenso río de aguas turbias. El silencio reinó por unos segundos. Pensaron que la rudimentaria goma que unía el cubo con gasolina y el motor se había soltado; pero no fue así. Era el depósito que no contenía nada de combustible. Y allí estaban ellos, tan cerca de su destino, pero tan lejos si no conseguían el modo de mover aquello. La corriente los movía muy poco a poco, y sólo hacían pensar en que no viniese una lancha más grande, hiciese olas, y pudieran volcar en aquellaspeligrosas aguas. Por suerte, tenían un móvil, y cobertura, y pudieron ponerse en contacto con el puerto. Y en poco más de media hora, otro barco regresaba en su ayuda y les llevaba la tan preciada gasolina. Hoy todos ellos lo recuerdan como una anécdota más que contar, pero será difícil olvidar el sentirse un granito de arena en medio del Amazonas.





